domingo, septiembre 25, 2011

Una cena (en inglés)

viernes, septiembre 16, 2011

Out, out, brief candle!
Life's but a walking shadow, a poor player
That struts and frets his hour upon the stage
And then is heard no more: it is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing."

jueves, septiembre 15, 2011

Capítulo III - De cómo se libró Cándido de los búlgaros, y de lo que le sucedió

No había nada más hermoso, más diestro, más brillante, más bien ordenado que ambos ejércitos: las trompetas, los pífanos, los oboes, los tambores y los cañones formaban tal armonía cual nunca hubo en los infiernos. Primeramente, los cañones derribaron unos seis mil hombres de cada parte, después la fusilería barrió del mejor de los mundos unos nueve o diez mil bribones que infectaban su superficie y, por último, la bayoneta fue la razón suficiente de la muerte de otros cuantos miles. Todo ello podía sumar cosa de treinta millares. Cándido, que temblaba como un filósofo, se escondió lo mejor que pudo durante esta heroica carnicería.

En fin, mientras ambos reyes hacían cantar un Te Deum, cada uno en su campo, se resolvió nuestro héroe ir a discurrir a otra parte sobre los efectos y las causas. Pasó por encima de muertos y moribundos hacinados y llegó a un lugar inmediato; estaba hecho cenizas; era una aldea ávara que, conforme a las leyes de derecho público, habían incendiado los búlgaros; aquí unos ancianos acribillados de heridas contemplaban morir a sus esposas degolladas, con los niños apretados a sus pechos ensangrentados. Más allá, exhalaban el postrer suspiro muchachas destripadas, después de haber saciado los deseos naturales de algunos héroes; otras, medio tostadas, clamaban por que las acabaran de matar; la tierra estaba sembrada de sesos al lado de brazos y piernas cortadas.

Cándido huyó a toda prisa a otra aldea que pertenecía a los búlgaros, y que había sido igualmente tratada por los héroes ávaros. Al fin, caminando sin cesar por encima de miembros palpitantes, o atravesando ruinas, salió del teatro de la guerra, con algunas cortas provisiones en la mochila y sin olvidar nunca a Cunegunda. Al llegar a Holanda se le acabaron las provisiones; mas habiendo oído decir que la gente era muy rica en este país y que eran cristianos, no le quedó duda de que le darían tan buen trato como el que le dieron en el castillo del señor barón, antes que lo echaran a causa de los bellos ojos de la señorita Cunegunda.

Pidió limosna a muchos sujetos graves; todos le dijeron que si seguía en aquel oficio lo encerrarían en una casa de corrección para enseñarle a vivir. Se dirigió luego a un hombre que acababa de hablar una hora seguida en una crecida asamblea sobre la caridad, y el orador, mirándolo de reojo, le dijo:

-¿A qué vienes aquí? ¿Estás por la buena causa?

-No hay efecto sin causa -respondió modestamente Cándido-; todo está encadenado necesariamente y ordenado para lo mejor; ha sido menester que me echaran de casa de la señorita Cunegunda y que me dieran carreras de baquetas, y es menester que mendigue el pan hasta que lo pueda ganar; nada de esto podía ser de otra manera.

-Amiguito -le dijo el orador- ¿crees que el Papa es el anticristo?

-Nunca lo había oído -respondió Cándido-; pero séalo o no, yo no tengo pan que comer.

-Ni lo mereces -replicó el otro-; anda, bribón, anda, miserable, y que no te vuelva a ver en mi vida.

Se asomó en esto a la ventana la mujer del ministro, y viendo a uno que dudaba de que el Papa fuera el anticristo, le tiró a la cabeza un vaso lleno de... ¡Oh cielos, a qué excesos se entregan las damas por celo religioso!

Uno que no había sido bautizado, un buen anabaptista, llamado Jacobo, testigo de la crueldad y la ignominia con que trataban a uno de sus hermanos, a un ser bípedo y sin plumas, que tenía alma, lo llevó a su casa, lo limpió, le dio pan y cerveza y dos florines, y además quiso enseñarle a trabajar en su fábrica de tejidos de Persia que se hacen en Holanda. Cándido, arrodillándose casi a sus plantas, clamaba:

-Bien decía el maestro Pangloss, que todo era para mejor en este mundo, porque infinitamente más me conmueve la mucha generosidad de usted que la inhumanidad de aquel señor de capa negra y de su señora mujer.

Yendo al otro día de paseo se encontró con un mendigo cubierto de lepra, casi ciego, la punta de la nariz carcomida, la boca torcida, los dientes ennegrecidos y el habla gangosa, atormentado por una violenta tos, y que a cada esfuerzo escupía una muela.

martes, septiembre 13, 2011

Capítulo II - Qué fue de Cándido entre los búlgaros

Cándido, arrojado del paraíso terrenal, fue andando mucho tiempo sin saber a dónde, lloroso, alzando los ojos al cielo, volviéndolos una y otra vez hacia el más hermoso de los castillos, que encerraba a la más linda de las baronesitas; se acostó sin cenar en mitad del campo entre dos surcos. Caían gruesos copos de nieve al día siguiente. Cándido, empapado, llegó arrastrándose como pudo al pueblo inmediato, que se llama Valdberghoff-trarbk-dikdorff, sin un ochavo en la faltriquera y muerto de hambre y fatiga. Se paró lleno de pesar a la puerta de una taberna, y repararon en él dos hombres con vestidos azules.

-Camarada -dijo uno- aquí tenemos un gallardo mozo, de la estatura requerida.

Se acercaron a Cándido y lo convidaron a comer con mucha cortesía.

-Señores -les dijo Cándido con encantadora modestia- mucho favor me hacen ustedes, pero no tengo para pagar mi parte.

-Señor -le dijo uno de los azules- las personas de su aspecto y de su mérito nunca pagan. ¿No tiene usted cinco pies y cinco pulgadas de alto?

-Sí, señores, ésa es mi estatura -dijo haciendo una cortesía.

-Vamos, caballero, siéntese usted a la mesa, que no sólo pagaremos, sino que no consentiremos que un hombre como usted ande sin dinero; los hombres han sido hechos para socorrerse unos a otros.

-Razón tienen ustedes -dijo Cándido-; así me lo ha dicho mil veces el señor Pangloss, y ya veo que todo es perfecto.

Le ruegan que admita unos escudos; los toma y quiere dar un vale; pero no lo quieren, y se sientan a la mesa.

-¿No ama usted tiernamente?...

-Sí, señores -respondió Cándido- amo tiernamente a la señorita Cunegunda.

-No preguntamos eso -le dijo uno de aquellos dos señores- preguntamos si no ama usted tiernamente al rey de los búlgaros.

-En modo alguno -dijo- porque no le he visto en mi vida.

-Vaya, pues es el más encantador de los reyes. ¿Quiere usted que brindemos a su salud?

-Con mucho gusto, señores -y brinda.

-Basta con eso -le dijeron- ya es usted el apoyo, el defensor, el adalid, el héroe de los búlgaros; su fortuna está hecha, su gloria afianzada.

Le echaron al punto un grillete al pie y se lo llevan al regimiento; lo hacen volverse a derecha e izquierda, meter la baqueta, sacar la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le dan treinta palos: al otro día hizo el ejercicio un poco menos mal y no le dieron más de veinte; al tercero recibe solamente diez, y sus camaradas lo tuvieron por un portento.

Cándido, estupefacto, aún no podía entender bien de qué modo era un héroe. Un día de primavera se le ocurrió irse a paseo, y siguió su camino derecho, creyendo que era privilegio de la especie humana y de la especie animal, servirse de sus piernas a su antojo. No había andado dos leguas, cuando surgen otros cuatro héroes de seis pies que lo alcanzan, lo atan y lo llevan a un calabozo. Le preguntan jurídicamente si prefería ser fustigado treinta y seis veces por las baquetas de todo el regimiento, o recibir una vez sola doce balazos en la mollera. Inútilmente alegó que las voluntades eran libres y que no quería ni una cosa ni otra; fue forzoso que escogiera, y en virtud de la dádiva de Dios que llaman libertad , se resolvió a pasar treinta y seis veces por las baquetas, y sufrió dos tandas. Se componía el regimiento de dos mil hombres, lo cual hizo justamente cuatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le descubrieron músculos y nervios. Iban a proceder a la tercera tanda, cuando Cándido, no pudiendo aguantar más, pidió por favor que tuvieran la bondad de levantarle la tapa de los sesos; obtiene ese favor, se le vendan los ojos, lo hacen hincar de rodillas. En ese momento pasa el rey de los búlgaros, se informa del delito del paciente, y como este rey era hombre de grandes luces, por todo cuanto le dicen de Cándido comprende que es éste un joven metafísico muy ignorante en las cosas del mundo y le otorga el perdón con una clemencia que será muy loada en todas las gacetas y en todos los siglos. Un diestro cirujano curó a Cándido con los emolientes que enseña Dioscórides. Un poco de cutis tenía ya, y empezaba a poder andar, cuando dio el rey de los búlgaros batalla al de los ávaros.

domingo, septiembre 11, 2011

Michael Jackson en el Dating Game (1972)

¡Qué tiernos!

Capítulo I - De cómo Cándido fue criado en un hermoso castillo y de cómo fue arrojado de allí

Vivía en Westfalia, en el castillo del señor barón de Thunder-ten-tronckh, un mancebo a quien la naturaleza había dotado de la índole más apacible. Su fisonomía anunciaba su alma; tenía juicio bastante recto y espíritu muy simple; por eso, creo, lo llamaban Cándido1. Los antiguos criados de la casa sospechaban que era hijo de la hermana del señor barón y de un bondadoso y honrado hidalgo de la vecindad, con quien jamás consintió en casarse la doncella porque él no podía probar arriba de setenta y un cuarteles2, debido a que la injuria de los tiempos había acabado con el resto de su árbol genealógico.

Era el señor barón uno de los caballeros más poderosos de Westfalia, pues su castillo tenía puerta y ventanas; en la sala principal hasta había una colgadura. Los perros del corral componían una jauría cuando era menester; sus palafreneros eran sus picadores, y el vicario de la aldea, su primer capellán; todos lo trataban de "monseñor", todos se echaban a reír cuando decía algún chiste.

La señora baronesa, que pesaba unas trescientas cincuenta libras, se había granjeado por ello gran consideración, y recibía las visitas con tal dignidad que la hacía aún más respetable. Su hija Cunegunda, doncella de diecisiete años, era rubicunda, fresca, rolliza, apetitosa. El hijo del barón era en todo digno de su padre. El preceptor Pangloss era el oráculo de la casa, y el pequeño Cándido escuchaba sus lecciones con la docilidad propia de su edad y su carácter.

Pangloss enseñaba metafísico-teólogo-cosmólogo-nigología. Probaba admirablemente que no hay efecto sin causa, y que, en el mejor de los mundos posibles, el castillo de monseñor el barón era el más hermoso de los castillos, y que la señora baronesa era la mejor de las baronesas posibles.

Demostrado está, decía Pangloss, que no pueden ser las cosas de otro modo, porque habiéndose hecho todo con un fin, éste no puede menos de ser el mejor de los fines. Nótese que las narices se hicieron para llevar anteojos; por eso nos ponemos anteojos; las piernas notoriamente para las calzas, y usamos calzas; las piedras para ser talladas y hacer castillos; por eso su señoría tiene un hermoso castillo: el barón principal de la provincia ha de estar mejor aposentado que ninguno; y como los marranos nacieron para que se los coman, todo el año comemos tocino: en consecuencia, los que afirmaron que todo está bien, han dicho una tontería; debieron decir que nada puede estar mejor.

Cándido escuchaba atentamente y creía inocentemente, porque la señorita Cunegunda le parecía muy hermosa, aunque nunca se había atrevido a decírselo. Deducía que después de la felicidad de haber nacido barón de Thunder-ten-tronckh, el segundo grado de felicidad era ser la señorita Cunegunda; el tercero, verla cada día; y el cuarto, oír al maestro Pangloss, el filósofo más ilustre de la provincia, y, por consiguiente, de todo el orbe.

Cunegunda, paseándose un día por los alrededores del castillo, vio entre las matas, en un tallar que llamaban el parque, al doctor Pangloss que daba una lección de física experimental a la doncella de su madre, morenita muy graciosa y muy dócil. Como la señorita Cunegunda tenía gran disposición para las ciencias, observó sin pestañear las reiteradas experiencias de que era testigo; vio con claridad la razón suficiente del doctor, sus efectos y sus causas, y regresó agitada, pensativa, deseosa de aprender, figurándose que bien podría ser ella la razón suficiente de Cándido, quien podría también ser la suya.

Encontró a Cándido de vuelta al castillo, y enrojeció; Cándido también enrojeció. Lo saludó Cunegunda con voz trémula, y contestó Cándido sin saber lo que decía. Al día siguiente, después de comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detrás de un biombo; Cunegunda dejó caer su pañuelo, Cándido lo recogió; ella le tomó inocentemente la mano y el joven besó inocentemente la mano de la señorita con singular vivacidad, sensibilidad y gracia; sus bocas se encontraron, sus ojos se inflamaron, sus rodillas temblaron, sus manos se extraviaron. En esto estaban cuando acertó a pasar junto al biombo el señor barón de Thunder-ten-tronckh, y reparando en tal causa y tal efecto, echó a Cándido del castillo a patadas en el trasero. Cunegunda se desvaneció; cuando volvió en sí, la señora baronesa le dio de bofetadas; y todo fue consternación en el más hermoso y agradable de los castillos posibles.

Mejor les cuento otra

Se me hizo muy larga la historia del Rey Olaf. Mejor les cuento otra que no sea tan larga y dramática y además que sea en español. Ahí les va la de Cándido o el optimismo de Voltaire.

viernes, septiembre 09, 2011

Quién dice que las amas de casa no pueden acceder también al Paraiso.

jueves, septiembre 08, 2011

La historia del Rey Olaf ~ The Saga of King Olaf

Saludos lectores.

Les contaré una historia en el tiempo que regrese Guergana a postear con regularidad. La historia nos viene en inglés desde el siglo 19 y es de Henry Wordsworth Longfellow. La historia está dividida en 22 partes.

Ahí les va.

I am the God Thor, I am the War God, I am the Thunderer! Here in my Northland, My fastness and fortress, Reign I forever!

Here amid icebergs Rule I the nations; This is my hammer, Miölner the mighty; Giants and sorcerers Cannot withstand it!

These are the gauntlets Wherewith I wield it, And hurl it afar off; This is my girdle; Whenever I brace it, Strength is redoubled!

The light thou beholdest Stream through the heavens, In flashes of crimson, Is but my red beard Blown by the night-wind, Affrighting the nations!

Jove is my brother; Mine eyes are the lightning; The wheels of my chariot Roll in the thunder, The blows of my hammer Ring in the earthquake!

Force rules the world still, Has ruled it, shall rule it; Meekness is weakness, Strength is triumphant, Over the whole earth Still is it Thor's-Day!

Thou art a God too, O Galilean! And thus single-handed Unto the combat, Gauntlet or Gospel, Here I defy thee!

miércoles, septiembre 07, 2011

Blues de las sierras de Mississippi

El blues de las sierras de Mississippi tiene un sonido que lo distingue del sonido del blues del delta.


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